Capítulo III
I'm stupid and contagious. Here we are now. Entertain us.
(Nirvana - Smells Like Teen Spirit)
A Andrómeda le resultaba extraño reírse, después de tanto tiempo. Al menos de aquella manera, tan directa e instantánea. Y por encima de todo, tan acompañada.
Las disculpas de Saturno aún resonaban en su cabeza como algo etéreo e imposible. Pero eran reales, como podía comprobar en cuanto quisiese.
Por supuesto, no habían sido en persona. Andrómeda sabía que había pocas personas a las que les costase tanto rectificar como a su padre. Pero aun así, la nota que Deneb la había llevado mostraba, sin lugar a dudas, la pulcra aunque torcida caligrafía tan característica de su padre.
Hija mía,
he estado toda la noche dando vueltas a nuestra discusión de ayer. Y he de admitir que no he obrado bien. Aunque deberías aceptar que he tenido mis motivos y que únicamente buscaba tu bien. Pero además de princesa y única heredera no sólo de mí, sino de Sagitta, que en paz descanse, eres una persona. Y no puedo aislarte y convertirte en una muñeca a quien casar con quien me dé la gana. No te estoy dando licencia para salir cuando quieras, ni mucho menos con quien quieras. Y voy a seguir insistiéndote en que no hay mejor partido para ti que Cygnus de Neptuno. Pero sin embargo, ahora entiendo que no te venga mal algo de contacto humano hasta que te des cuenta de ello.
Deneb es un buen chico, tiene tu edad, es obediente y de buena familia. Mientras encuentro a alguien más adecuado que presentarte (sigue siendo un chico, y los adolescentes tenéis mucho peligro), él puede entretenerte.
Por último, te pido perdón por mis errores. Espero que tú hagas lo mismo con los tuyos.
Tu padre, que te aprecia más de lo que piensas.
Saturno XVII
Por supuesto, Andrómeda no había aceptado de buen grado que su padre no sólo siguiera imponiéndole una pareja sino que quisiera imponerle un amigo. Pero pese al resquemor que la suscitaba como lacayo de su padre que era, Deneb siempre la había tratado bien. Y parecía una persona agradable.
Por ello, tras doblar la nota de su padre y dejarla en un cajón bajo llave, saludó al chico que seguía expectante en su habitación. Y le invitó a sentarse.
Las horas siguientes transcurrieron en medio de risas cada vez más desaforadas y sonrisas más y más inamovibles. Era uno de esos casos donde dos personalidades se encuentran y encajan sin pretenderlo. Y pese a que apenas se conocían, se sentían como amigos de toda la vida. Andrómeda olvidó que Deneb era, una vez más, la elección que su padre había hecho, y no ella. Deneb, por su parte, olvidó que el hecho de que estuviera allí era un mero encargo. Y en el olvido, ambos continuaron derrochando sus más puras sonrisas.