Capítulo II
I'm spinning out of control, out of control.
(Hoobastank - Out Of Control)
Sentada en el mismo sillón que siempre, Andrómeda rememoraba con una sonrisa la exasperación de su padre horas atrás. Cuando pasas la vida recluida en una habitación y no hay ya castigos que puedan quitarte nada, como le pasaba a Andrómeda, encuentras diversión en lo más insólito. Y en el caso de la princesa, estaba en cuánto podía sacar de quicio a su severo padre.
Aquella vez había sido especialmente rica en furia y gritos. No era la primera vez que Andrómeda intentaba dejar plantado a Cygnus, pero nunca la había salido tan bien. Aún se felicitaba por la idea de la silla. Ver al comedido rey Saturno XVII perdiendo la compostura aporreando la puerta de la habitación de su hija tenía que haber sido un gran espectáculo. Pero aún lo era más verle entrar por fin, con la cara roja y la mano despellejada a base de dar golpes. Y eso había sido un show sólo para ella.
Y el discurso no se había quedado atrás. Que si era la vergüenza de las familias reales del Cinturón y más allá, que si era una cría sin idea de nada, que si estaba desperdiciando la oportunidad de conocer a un chico maravilloso, que si iba a pasarse la vida en aquellas cuatro paredes y que a este paso no saldría jamás...
Y sin embargo, había logrado desarmarle por completo con una única frase, dicha con toda la serenidad del mundo, serenidad que parecía impropia de una chica de dieciséis años que acabase de recibir la bronca de su vida.
-Lo siento. Lo de haber pensado que una pareja de distinto nivel social pudiera ser algo, quiero decir. Por dios, podría haberme juntado con cualquier trepa desesperado por ser rey - había dicho, con la cantidad exacta de sarcasmo enfatizando las palabras precisas.
Sabía que se había pasado, que las lágrimas que habían estado a punto de brotar de los ojos del hombre lo demostraban. Pero ante la irracionalidad con la que se la trataba, ante el castigo constante al que era sometida, se había vuelto de piedra ante su propio padre. Y no la importaba causarle todo el dolor del mundo si así conseguía que pensase un poco en lo que hacía.
Porque también sabía muy bien que la vida de su padre no había sido fácil. Que había sido observado con odio por todos los nobles de su corte, que pocas personas en el universo habían sufrido un escrutinio tan brutal a todas y cada una de sus acciones. Que sólo el amor incondicional de su madre, la princesa Sagitta, había actuado como escudo para evitar que la marea se lo llevase para siempre.
Y que cuando Sagitta murió, se vertieron rumores por doquier. Corrieron ríos de tinta y megabytes sobre los intrincados planes que aquel noble menor llamado Sirio había urdido con el fin de hacerse un hueco en la familia real y acabar encabezándola. Sabía, por supuesto, las lágrimas que su padre había vertido a su lado, cuando creía que no aguantaría más. Sabía que había resistido sólo por ella, por su hija, por el último vestigio de Sagitta. Y sabía que había huido, con ella, a la estación espacial, alejándose del mundo para desde allí recuperar su honor, y que con ello la había regalado los mejores años de su vida.
Sí, Andrómeda sabía muchas cosas, pero también tenía claro que su padre, en los últimos tiempos, la había quitado la vida. Y que la expresión que vio en su cara cuando la pilló con Altair no fue la de un padre preocupado porque el destino de su hija fuera tan difícil como había sido el suyo propio. Sino la de un rey que tras años de esfuerzo, veía en peligro su posición. Y si su padre pensaba antes en su cargo que en la felicidad de su hija, sería esa misma hija la que tendría que hacer lo contrario.
Y si su felicidad, tan primorosamente coartada, estaba en la desesperación del rey, la obtendría, costase lo que costase.
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