Capítulo I
And I just wanna be, wanna be loved.
(Papa Roach - To Be Loved)
Con cuidado, la chica gateó cuidadosamente hasta poder mirar a través de la mirilla que, a escondidas de su padre, había camuflado en la puerta de su habitación. Tuvo que reprimir, a su pesar, el frustrado suspiro que la asaltó cuando vio que la figura de Deneb seguía allí, vigilante.
Andrómeda se sentó en una butaca y frunció el ceño. A través de las pequeñas ventanas que desgraciadamente no había podido cubrir con cortinas, se filtraba la verdosa luz que venía del pantano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista.
Odiaba Kaylunn. Con cada fibra de su ser. Odiaba el pantano, odiaba los lúgubres pasillos, odiaba cada escalón que se veía obligada a subir para ver a su padre, odiaba la vigilancia constante de quien habían decidido convertir en su guardaespaldas permanente, odiaba el escritorio inaguantablemente añejo que se hallaba junto a su cama, odiaba su aislamiento obligado, odiaba ser lo que era.
Y, por el contrario, añoraba con toda la intensidad que cabía al lado del odio. Añoraba la estación espacial, los cielos cambiantes, las estrellas, los juegos de su niñez, los inocentes primeros besos con aquel joven esquivo cuyo nombre permanecía grabado en su alma, a fuego y cincel. Sí, sobre todo, añoraba a Altair aún más de lo que detestaba aquello en lo que su vida se había convertido.
Pero debía ser la modélica dama que su padre quería que fuese. Saturno XVII para el mundo, para ella simplemente Sirio. Aquel joven tildado de arribista del que la bella Sagitta se había enamorado perdidamente.
Era irónico que después de haberse visto sumido en un romance tal, fuera tan tajante al respecto de que su hija se emparejara con alguien de menor rango. Y por mucho que Andrómeda se desesperaba por hacérselo entender, ni siquiera la propia experiencia le valía al rey para comprenderla.
Pero la princesa lo tenía claro. Por mucho que fuera su honor, por muchos títulos que tuviera, Cygnus de Neptuno jamás sería su príncipe. Tal puesto, en el corazón adolescente de una niña de dieciséis años, sería siempre para aquella figura grácil y misteriosa que poblaba todos sus sueños, o al menos todos los que merecía la pena esforzarse en recordar.
Unos golpes en la puerta sacaron a Andrómeda de su ensoñación. Ella gruñó, mientras los ojos negros de Altair salían de su mente. Con desgana, abrió la puerta, sabiendo de antemano con qué se iba a encontrar. De toda aquella aburrida fortaleza a orillas del pantano, únicamente una persona se preocuparía lo más mínimo por si ella quería o no abrir la puerta.
Pero aunque Andrómeda agradieciese la simpatía de Deneb, seguía siendo su carcelero. Por ello abrió la puerta con brusquedad y fijó en él sus ojos verdes con frialdad.
-¿Qué quieres?
-Su padre quiere verla.
-Intenta emparejarme otra vez con ese príncipe imbécil, ¿verdad?
-Señorita...
-Princesa como mínimo, Deneb.
-Lo lamento mucho. Princesa, esa información...
-En resumen, que no sabes como decirme que sí. Pues piensa en cómo decirle a mi padre que no pienso ir. Y que deje de esforzarse en juntarme con alguien de mi escalafón social. Y de paso, recuérdale de mi parte que él es lo que es gracias a algo como lo que él intenta impedirme.
Andrómeda dio un portazo, dejando al chico al que su padre llamaba guardaespaldas con un palmo de narices. Seguramente se arrepentiría de ser tan tajante con la única persona de su edad con la que podía tener contacto (excluyendo, por supuesto, a Cygnus de tal distinción), como tantas otras veces, pero no podía actuar de otra manera.
Bloqueó la puerta con una vieja silla de madera y se tumbó en la cama, dejando que su mente recrease de nuevo los metálicos pasillos de la estación espacial donde una vez fue feliz. Y a su lado, como siempre, caminaba Altair a paso firme.
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